Mi relación con Dios: entre misas aburridas, dudas y novenas en familia

Si soy completamente sincera, mis recuerdos de infancia son un poco borrosos. Pero si hay algo que siempre aparece cuando pienso en esos años, es ir a misa con mi familia. A veces en la mañana, a veces en la tarde. Era como parte del plan del domingo.

Y voy a decir algo que muchos niños seguramente pensaban pero no decían: para mí era aburrido. Perdón😅


Escuchar a un señor  hablar durante tanto tiempo… no era precisamente mi actividad favorita. Cada que podía, me quedaba dormida. No estoy orgullosa de eso, pero bueno… era una niña.

Con el tiempo, aunque no lo notaba tanto en el momento, algo se iba quedando en mí. Mi familia es católica, y Dios siempre estuvo presente en casa. No como una obligación pesada, sino como algo natural. Como parte del día a día.


Hubo un momento en el que empecé a leer las lecturas de los domingos que daban en la iglesia. Al principio no entendía nada. O bueno… entendía más o menos, tampoco voy a mentir. Pero mi papá siempre estaba ahí para explicarme qué significaban, por qué eran importantes y cómo se relacionaban con nuestra vida. Y creo que ahí empezó algo diferente: ya no era solo escuchar, era empezar a comprender.



Recuerdo también el día de mi bautizo. Fue raro, no lo voy a negar pero fue especial. Estaba toda mi familia. Y aunque uno no dimensiona todo en ese momento, con los años entiendes que son pasos importantes en tu historia.


Después vino la primera comunión. Y aquí viene la parte honesta: fue una etapa en la que empecé a sentir cierto rechazo hacia la iglesia. No sé explicar exactamente por qué. A veces uno simplemente atraviesa momentos así. No me sentía atraída. No tenía ganas de ir. Me alejé un poco.


Pero algo curioso pasó: aunque me alejé de la iglesia, nunca sentí que me alejé completamente de Dios.

Hay una diferencia grande ahí.

Podía dejar de ir a misa, podía cuestionar cosas, podía tener dudas… pero Dios seguía presente. A veces más, a veces menos. A veces lo sentía cerca, otras veces lo buscaba más. Pero nunca desapareció de mi vida.

Luego hice la confirmación, que fue como cerrar un ciclo dentro de lo que tradicionalmente uno hace en la iglesia. Pero más allá del ritual, lo que quedó fue esa sensación de que mi relación con Dios no depende únicamente de un lugar físico.



Hoy puedo decir que mi relación con Él no ha sido perfecta, lineal ni extremadamente religiosa. Ha sido humana. Con etapas, con distancias, con regresos. Y creo que eso la hace más real.

Dios, para mí, es base fundamental. No solo en mi vida, sino en mi familia. En mi casa siempre están las novenas —y eso sí que es sagrado —. Esos momentos en familia, reunidos, riéndonos, orando, viajando, compartiendo… ahí es donde más siento que Dios está presente.

Porque al final, más allá de los templos y las dudas, lo que más agradezco es esto: tener a mi familia con vida, juntos, acompañándonos. Y cada vez que pienso en eso, solo puedo decir gracias.

Mi relación con Dios no ha sido perfecta.
Pero ha sido constante.
Y eso, para mí, lo significa todo.







Comentarios